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Carta de hija a su padre muerto por COVID-19: Me pregunto quién es nadie para decidir quién debe vivir y quién morir

La vida, por sí misma -y sin ningún tipo de ayuda-, es la mayor de las injusticias posibles, porque nos recuerda permanentemente que su culmen es la muerte. Por otra parte, atendiendo a su máximo grado de evolución, es lo más justo a lo que uno puede aspirar porque no permite excepciones en su final.

El nombre que representa la vida que me corresponde vivir es Gema. Vivo, y moriré, como cualquier otro ser humano, amparada por el sistema legal que rige en la sociedad donde me encuentro integrada. Llevo 45 años de relativamente apacible viaje. Nací en el seno de una familia de lo más normal, en una época de pleno desarrollo de un país que siempre he considerado agradable y moderno y que, hasta hace bien poco, me ha ido surtiendo de lo necesario en todos los planos. Siempre he estado muy ligada al entorno en el que me ha tocado desarrollarme, y lo hice con entusiasmo y con la alegría que supone el no sentirme un ser individual y extraño, siempre colaborando.

Sin duda, de entre todos los grupos sociales que me han tocado en suerte, y que, hasta ahora, me han ido arropando y enriqueciendo como persona, el más importante, valioso e irrenunciable está siendo mi familia.Soy muy afortunada de tener los padres que la iniciaron, unos hermanos que la continuaron, un marido, cuñada y unos sobrinos e hija que la siguen acrecentando en una línea de continuidad, creedme, envidiable.

No me he equivocado en el párrafo anterior cuando utilicé el tiempo presente del verbo para referirme a mis progenitores. Cierto que ya no están con nosotros, pero su presencia espiritual nunca se disipará porque su espíritu forma, y seguirá formando, parte del mío y de los de mis hermanos, hija y sobrinos.

Hace ya año y medio que el cuerpo que albergó la figura de mi madre nos lo acabó arrebatando la odiosa enfermedad del Alzheimer. Mi padre tampoco está. Sin hacer ruido y sin molestar, hace menos de una semana, y de manera muy rápida, alguien decidió que no tenía derecho a seguir viviendo. Alguien decidió, sin consultar a la familia, que era un ser no prioritario y que, por ello, no tenía derecho a ser cuidado en las mismas condiciones que cualquier otro ciudadano de este país.

Inmersa en la ceguera de mi enojo, no acierto a entender qué diferencia existe entre ser no prioritario y ser susceptible de aplicación de una eutanasia encubierta no consentida. Y me pregunto, ¿quién es nadie para decidir quién debe vivir y quién debe morir sin dar oportunidad a la actuación, certera o no, de los medios físicos y químicos de los que dispone de la sanidad pública en un último intento de recuperación de la salud perdida?

Me pregunto, también, una y otra vez, en el ofuscamiento que me produce la injusticia a la que ha sido sometido mi padre, ¿qué daño habrá hecho él para que no se le puedan aplicar remedios de contrastada eficacia de recuperación de su enfermedad, como a cualquier otro ciudadano?

Es mucho el dolor que siento después de los acontecimientos vividos, e intento paliar ese daño forzando a mi memoria a producir recuerdos agradables sobre la vida disfrutada al lado de mi padre y recuerdos no tan agradables sobre sus años de niñez y juventud.

Mi padre tiene 83 años (sigue vivo en mis neuronas). Como para otros muchos millones de españoles de la época, sus primeros años no fueron fáciles. Nació entre bombas en la tan nombrada fraticida Guerra Civil y luego le tocó vivir la cruelísima posguerra acompañado de la amistad de la miseria y las cartillas de racionamiento.

Quizá por eso tuvo que empezar a trabajar de sol a sol con apenas siete años de edad. ¿Podemos hacer un pequeño ejercicio de reflexión para darnos cuenta de la situación vivida por él en aquellos años? ¿Podemos pensar en nuestros hijos en condiciones semejantes?

Mi padre fue uno de los muchos que, con su sudor, colaboró en la reconstrucción y construcción, directa o indirectamente, de este país, del estado de bienestar que disfrutamos ahora. Trabajador incansable desde siempre, consiguió construir además una familia modélica llena de valores para que pudiesen continuar la labor iniciada por él y así poder retirarse a descansar y disfrutar de una juventud que en su día le fue negada.

así estaba, feliz. Así, con sus 83 años, se mantenía jovial y activo todos los días viviendo solo en su casa. Todavía con ganas de comerse el mundo pese al varapalo que supuso el hacer de enfermero hasta las postrimerías vitales de su amada. Con mucha actividad social y familiar, sin pedir nada, valiéndose por si mismo… hasta que se cruzó en su camino el Covid-19.

Su última, muy cruel y corta historia vital empezó el pasado 9 de marzo. Se levantó ese día, como cualquier otro hasta que un síncope lo dejó tirado en plena calle. El equipo médico que lo atendió le diagnosticó una atrofia ventricular y fiebre de origen desconocido y, lejos de ingresarlo, ante la ya más que incipiente pandemia, lo trasladó a su casa.

Como su estado no mejoraba, su médico de familia lo atendió al día siguiente y, pese a los síntomas (náuseas, fiebre alta y malestar general) y acabó diagnosticando gripe común y prescribiendo paracetamol, mucha agua y reposo.

Sin atisbo de mejoría en los siguientes días, mis hermanos y yo quisimos ponernos en contacto con servicios médicos por varios medios (112, 900 especial Covid 19, centro de salud…) sin que nos hicieran caso de la voz de alarma y del auxilio que reclamamos más allá de decirnos que continuase con el tratamiento prescrito.

No fue hasta el domingo, día 15, cuando conseguimos que nos hicieran caso. Ese día acabaron trasladando a mi padre de urgencia al hospital donde acabaron concluyendo que su “gripe común” ya había evolucionado a neumonía y que era preceptivo hacerle el test de detección del covid-19.

Me mantuve todo el domingo en el hospital muy inquieta a la espera de que alguien me comunicase qué estaba ocurriendo. El lunes mi propio padre me dijo que había dado positivo por coronavirus. Intenté ser positiva y decirle que todo iría bien. Ese mismo día, esperó mi marido hasta el mediodía para escuchar de primera mano el diagnóstico del médico. La doctora le había transmitido que mi padre tenía una respiración muy comprometida (poca saturación pese a que se le estaba administrando oxígeno) y que había que dar un tiempo y esperar para ver la evolución real.

Mantuvimos con mi padre un contacto continuado durante el resto del día y él no se cansó de repetirnos lo que ya le había dicho a la doctora: “yo me encuentro bien”.

El día siguiente, martes, fue muy parecido. Además de la neumonía severa que estaba sufriendo, su situación se complicaba debido a un neumotórax que había sufrido hacía cincuenta años y que, hasta entonces, no le había causado ningún problema. Me ofrecieron entrar a verle, pertrechada con los EPI´s preceptivos.

Efectivamente, pese a la gravedad, mi padre seguía siendo el mismo y me repetía que se encontraba incluso mejor que cuando había llegado al hospital. Salí convencida que acabaría superando a la “bestia” del virus. Sin embargo, al día siguiente, a través de mi hermana recibimos el palo más grande que nos podían dar. Nos dijeron que mi padre estaba muy malito y la completaron diciéndonos que mi padre era un claro caso de enfermo con necesidad imperiosa de intubación pero que no lo harían porque no era un enfermo prototipo, ya que superaba los 80 años y sus pulmones no estaban bien para recibir semejante tratamiento.

Nos comunicaron también que ya en el desayuno le habían suministrado morfina. Su doctora, con lágrimas en los ojos, me dijo que en casos similares lo que suelen hacer es sedarlos desde el principio, pero como mi padre estaba en su pleno juicio le había parecido injusto tomar semejante decisión.

El mismo miércoles y el jueves, todavía no sé ni cómo, tuvimos que hacer de tripas corazón y, mediante vídeollamadas, transmitirle la unión de la familia.

El pasado viernes 20 de marzo, pese a tener cuatro hijos, un yerno, una nuera y cinco nietos, mi padre acabó exhalando su último suspiro solo, sin que pudiéramos acompañarle en tan duro trance devolviéndole todo el cariño y el amor que nos había dado y que se merecía.

Y que después de todo esto, que tenga que leer que algún responsable político dice que “se ha dado cuenta de que España está plagada de mayores”, o que tenga que ver en la televisión cómo el Vicepresidente pide encarecidamente el confinamiento de los ciudadanos mientras él se salta a la torera su cuarentena, por lo menos dos veces, teniendo a su mujer infectada.

A mi padre, un hombre con nombre y apellidos, con una familia que lo amaba y una historia muy dura vivida, a sus 83 años se lo llevó por delante el coronavirus. ¿Quién sabe si por la negligencia de los que nos gobiernan al no anticiparse a lo que podría ocurrir en España viendo lo que ya estaba ocurriendo en otros países y, sobre todo, desoyendo las recomendaciones de instituciones internacionales de relevancia (la OMS) cuando ya en enero advirtió de la gravedad que podía alcanzar esta pandemia?

¿Quién sabe si por todavía más negligencia de los que nos gobiernan allá por principios de febrero, cuando negaron la mayor en el momento que las empresas iban abandonando su presencia en la feria de Mobile Word Congress por medio a la pandemia?

¿Quién sabe si mucha más negligencia de los que nos gobiernan permitiendo espectáculos deportivos, cines, teatros, salas de fiesta, celebraciones religiosas, bares y restaurantes abiertos, clases en universidades y colegios y las alentadas y politizadas manifestaciones del 8M?

Nunca sabré si intubando a mi padre se hubiera podido salvar o era su destino y habría dado igual cualquier tratamiento. Lo cierto es que el sistema nacional de salud, lejos de preguntar a la familia, decidió por si mismo que mi padre no tenía derecho a disfrutar de los medios adecuados para intentar salvar su vida y que allí se terminaba todo.

Quizá el verdadero problema fue que mi padre no era un político ni personaje de relevancia, era un simple ciudadano. ¿Dónde ha quedado el artículo 14 de la Constitución Española que dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”?

¿Por qué no se pone algún político en mi lugar? Todavía hay clases. Me decían y me aconsejaban que no utilizase la palabra “asesinato” para referirme al caso de mi padre, pero no puedo verlo de otra forma. Esto no es duro, esto es más que eso. Físicamente estamos agotados, pero psicológicamente estamos aun peor.

Ahora te digo, Papá, ese ciudadano ejemplar, allá donde estés sabes que te quise, te quiero y por siempre te querré. No te pude velar como me hubiera gustado, pero cuando todo esto acabe tendrás una fiesta como mereces: con los tuyos, con todos los que te queremos. Ahora estás en muy buena compañía. Mamá se habrá puesto loca de contenta al haberte visto aparecer. ¡Cuidaos mutuamente!

De una hija que, impotente, intenta buscar una explicación en el sistema que es capaz de hacer un triaje vital no consentido con sus ciudadanos.

* Gema López-Rey Jiménez reside en Madrid.

 

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